| Especial desde Ginebra, Juan Gasparini. BORGES VUELVE A GINEBRA |
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| FELIPE PÉREZ ROQUE EN LA 59ª COMISIÓN DE DERECHOS HUMANOS Yolanda de Rojal |
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| ENTREVISTA AL DR. SERGIO PÁEZ, PRESIDENTE DEL CONSEJO DE LA UNIÓN INTERPARLAMENTARIA Yolada Rojal |
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| Especial desde Ginebra, Juan Gasparini, autor de “Mujeres de dictadores”, publicado por Ediciones Península (Barcelona), distribuido en América Latina por el Grupo Editorial “Norma”. DICTADORAS |
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| A LA CAMA CON LOS DICTADORES Juan Gasparini |
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Especial desde Ginebra, Juan Gasparini, autor de Mujeres de dictadores, publicado por Ediciones Península, distribuido en América Latina por el grupo Editorial «Norma».
A LA CAMA CON LOS DICTADORES
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La leyenda exhuma que Napoleón era una gran follador, dopado por la libido del poder, pero de tramite rápido. Trabajador infatigable, interrumpía sus largas jornadas de elucubraciones políticas o militares cuando lo asaltaba el deseo, precipitándose hacia la dama de turno; eyaculaba y volvía de inmediato a los fragores de su oficio de emperador. Buscando encontrar un homologo en los sátrapas de fines del siglo pasado con los que me tocó lidiar en Mujeres de dictadores, encontré su copia en Fidel Castro, un trotador del sexo express, con siete hijos reconocidos, nueve según el inventario que pude establecer para mi investigación periodística. |
Los cinco últimos de entre ellos, todos varones y con la letra «a» en el inicio de sus nombres de pila, los ha traído a este mundo con Dalia Soto del Valle, su pareja actual, la cuarta, quizá la del «reposo del guerrero». Los dos primeros, Fidelito y Alina, fueron el fruto de sus aventuras amorosas prerevolucionarias con Mirta Díaz-Balart y Natalia Revuelta entre los años 40 y 50. Con Celia Sánchez, su compañera de la Sierra Maestra no tuvo hijos, lo cual alimenta la versión jamás confirmada que Celia fue una lesbiana que tenía una relación con Fidel donde los orgasmos eran de otro orden que los fisiológicos. Celia falleció de un cáncer de pulmón en 1980 y Castro mantiene en secreto las historias con mujeres, cuyas identidades no son conocidas oficialmente en Cuba, correspondiendo a Vilma Espín, la esposa de su hermano Raúl, cumplir con los protocolos de Primera Dama. |
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Por cierto Fidel también mantuvo lazos de procreación con otras dos mujeres. A María Laborde, su correligionaria del «Movimiento 26 de julio», le hizo José Ángel Castro, y con una a la que se templó en el asiento trasero de un coche prestado, engendró a Francisca Pupo, en una noche de 1952, por las afueras de Santa Clara, al hilo de sus conspiraciones insurreccionales. Parece que Castro llegó a encamarse con todas las hembras que se le cuadraron, desde la actriz Ava Gardner hasta una agente de la CIA, la alemana Marita Lorenz, que sucumbió a sus encantos y abandonó la misión de matarlo. Se volteó a la presentadora de televisión estadounidense, Barbara Walters, y hasta se le adjudica un supuesto y fugaz matrimonio con Isabel Pupo en 1962, una joven de Santiago de Cuba, de la que se divorció en un santiamén, cuyas huellas documentales es imposible de rastrear en los registros civiles de la época. De las centenas de fotos en las que me detuve para tratar de adivinar que sentían las mujeres al costado de otros hombres «políticamente expuestos», como Augusto Pinochet, Alberto Fujimori, Jorge Videla y Slobodan Milosevic, ninguna me atrapó tanto como la silueta juvenil de Imelda Marcos. Echarle un polvo en sus años de lozanía debió haber sido un regalo de los cielos, donde las fronteras ideológicas no debieron entrar en cuenta si a uno le apetecía cogerse, -consentidamente, por supuesto- a una criatura físicamente tan bella y perfecta. Al menos es lo que, afirman, le debe haber pasado justamente a Fidel Castro, que se la durmió cuando Imelda pasó a todo tren por la perla del Caribe haciendo diplomacia paralela a la de su marido dictador. Sin embargo, todo indica que al insaciable Ferdinand Marcos dejó de atraerle luego de seducirla y casarla el 1 de mayo de 1954, en once días exactamente. La filosofía de ciertos mujeriegos, la del preservativo, es decir usar y tirar, da la impresión que animó al patrón de Filipinas de 1965 a 1986. Entre una multitud de amantes, se enloqueció velozmente por Dovie Beams, una actriz norteamericana de segunda categoría. Contratada para interpretar a su novia en un culebrón cinematográfico sobre la mentira histórica del joven y héroe Marcos durante la segunda guerra mundial, tendiente a contrarestar la verdad que fue un colaborador de los ocupantes japoneses y norteamericanos en Filipinas, Dovie Beams supo chantajearlo con los enredados gemidos de placer, auscultados por un grabador oportunamente deslizado debajo de una yacija de ocasión en el Palacio de Malacañán de Manila, cuando Imelda estaba ausente en su desenfrenada vida de copresidenta. No obstante, la ruptura del atractivo en aquella dictadura matrimonial debió ser mutuo. Imelda se desinteresó de Ferdinand y sus presuntas inclinaciones han dado espacio a crónicas de colores diversos. Afiebrada por los fastos de Hollywood algunos artículos fueron deslizando en su lecho a George Hamilton, Tony Curtis, Peter O’Tolle y Sylvester Stallone. Otros observadores dicen que se volvió frígida, súbitamente aquejada de «virginitis», imposibilitada de volver a ser excitada por el desbocado Ferdinand. Con el gusto perdido o atrofiado por los hombres, su amiga del alma, Cristina Ford, ex-esposa de Henry Ford II, ha solido ocupar el lugar de sus preferencias sensuales en el crepúsculo de su feminidad. «¡Imeldífica!», podría exclamar ella hoy a la vejez, evocando sus descalabros de antaño, horrorizada por su soledad, viuda y anegada de riquezas. Desolada y menopáusica en su piso de Manila, no debe saber que hacer con los dias que le restan, rememorando tanto expolio y muertes impunes. La única escena de cama que ha relatado Susana Higuchi con Alberto Fujimori ha sido hogareña y exenta de sexo, anterior a su llegada al Palacio Pizarro en 1990. Ocurrió cuando estos ingenieros fundaran la academia preuniversitaria Wisconsin, para reforzar la preparación de los estudiantes que habían finalizado la formación secundaria con debilidades y aspiraban a ingresar en la universidad. Para Susana fueron tiempos de gran armonía y esfuerzo conjunto, «Alberto era muy tierno, un marido ejemplar, muy cariñoso y condescendiente, aunque extremadamente celoso, entonces compartiamos todo, incluso corregiamos exámenes juntos hasta las 3 de la mañana metidos en la cama». Tan celoso debió ser este Alberto que cuando temió que Susana le podía disputar la presidencia en la reelección de 1995, no solo mando decretar una ley para impedirle ser candidata, sino que la hizo someter a vejámenes en los sótanos de Montesinos. Es una lastima que Susana Higuchi no haya querido acompañarme a presentar este libro cuando visité Lima a fines de noviembre pasado. Tal vez no se animó a debatir en público porque debe ser una de esas típicas mujeres autónomas e independientes que un día cayeron en la trampa de la sumisión, y hasta hoy no ha terminado de liberarse del marido verdugo que les cayó en suerte. Casi todos estos matrimonios de dictadores han terminado mal y sus hijos son modelos del fracaso, por lo general tilingos mal criados, prepotentes e incultos, consentidos y desamparados. Abundan los ejemplos de estos polvos desgraciados, crios que a nadie se le ocurriría clonar. A los cuatro hijos de la pareja Fujimori-Higuchi es imposible situarlos en posiciones serias y coherentes en medio de esa pelea feroz que consume a los padres. ¡Que hablar de los cinco hijos de Lucia Hiriart y Augusto Pinochet!. De las tres mujeres, por lo que se sabe, dos se han separado varias veces a pesar que la madre ponga reparos a la ley del divorcio, y el padre haya tenido que arreglar pistola en mano los problemas conyugales de su preferida, Jacqueline. De los dos varones, Augusto hijo fue herido de un balazo por su esposa que se defendió a tiros para frenar las torturas a los que la sometía, mientras que el segundo, Marco Antonio, se hizo famoso por la muerte de la joven Natalia Ducci Valenzuela en 1975, a la que abandonó cadáver en la cuneta de un cruce de calles en Santiago tras una velada esquizofrénica, sin olvidar las orgías que treparan a los titulares en 1979, con castigos corporales a las mujeres en un apartamento usurpado a la funcionaria de la Embajada de los Estados Unidos en Chile, Erika Shaub. No le han ido a la saga Marko y Marija Milosevic, los vastagos de Solobodan Misolevic y Miriana Markovic, pésimos estudiantes, especímenes rodeados de escándalos, consecuencia impresentable de semen y óvulos que habrían merecido uniones más felices. Ella ha tenido enormes sobresaltos y suspiros, con mucho alcohol y barbitúricos, amantes por doquier, y desplantes a su padre a quien no visita en la cárcel del Tribunal de la Haya que lo está juzgando, porque se entregó sin combatir armas en mano en la madrugada del 1 de abril de 2001, cuando lo detuvieran en el palacio presidencial de Belgrado. Su madre la ha protegido, llegando a promocionar a los hombres que hicieron escala en la alcoba de Marija para acceder al circulo áulico del entorno presidencial en las horas del autoritarismo neocomunista. Al muchacho también porque Miriana se ha hecho cargo de Milica Gajic, la desvalida esposa de Marko, a la deriva con un hijo a cuestas, dado que el heredero varón de los Milosevic -con la estela de 19 accidentes automovilísticos mordiendoles los talones y las sospechas de enriquecimiento ilícito y lavado de dinero por conducto de su cadena de tiendas libres de impuestos y de «Madonna», su imponente discoteca- se ha zambullido en la clandestinidad, tal vez para administrar mejor la rapiña de una dictadura bicéfala, en la cual padre y madre se repartieran el liderazgo al frente de partidos políticos aliados que contribuyeron a desbastar la ex-Yugoslavia. ¿A la cama para traer hijos como estos?. Hacerlos con Pinochet ha forzado a Lucía a respetar horarios, realmente un aburrimiento. El ex-dictador agendaba los minutos que le consagraba semanalmente al sexo. En cuanto a los Milosevic, es poco interesante encenderle la luz a la intimidad de una pareja hermética concebida en la adolescencia de ambos, desprovistos de glamour, burócratas de los sentidos. Acuñada en el pueblito serbio de Pozarevac, los ha abroquelado el drama de los suicidios de los progenitores de él, la desaparición de la madre de ella en manos de los nazis, su nacimiento en cautividad y la actitud ambigua de un padre en entredicho que la reconoció recién tras cumplir diez años, quien no mereció los honores de su presunta hija cuando falleció en 1992. De todos modos, si de esforzar la imaginación se le asigna como misión a la presente nota, encomiable tarea le queda al lector de estos retratos de ellas para comprender mejor a ellos y vislumbrar los efluvios entre el austero y católico general argentino, Jorge Rafael Videla, fornicando a espaldas de su consorte Alicia Raquel Hartridge, con siete hijos y 19 nietos de testigos. El libro le destapa una amante, Lyda Lombardi, que lo habría seducido en los salones del Estado Mayor del Ejército, el 16 de septiembre de 1968, en un acto conmemorativo de un golpe de Estado perpetrado en 1955, anterior al que protagonizaría el propio Videla el 24 de marzo de 1976. La mujer se le acercó admirativamente por coincidencias ideológicas. Era una docente soltera de derechas, conservadora y reaccionaria, que supo visitarlo a escondidas durante la dictadura en la misma Casa Rosada. Discretamente aparejaron citas furtivas en un apartamento en pleno centro de Buenos Aires, donde el dictador escapó de milagro a un atentado en 1976. Ella era ocho años mayor que él y, probablemente en sus brazos, Videla pudo aventar de sus pensamientos el fantasma del único de sus hijos oligofrénico, Alejandro, abandonado por su familia en un hospital para descapacitados, donde se le reservó una muerte anónima en 1971. En definitiva, quienes suponen que inexorablemente para los ladinos el poder es un afrodisíaco, les recomiendo reflexionar con mucha cautela. Los camándulas y sus mujeres solo prueban que, una vez más, las relaciones de pareja no se explican en abstracto, sino que se comprenden cuando les ponemos la lupa y las miramos de cerca, en concreto. Para que el sexo sea divertido, intenso y apasionante, depende especificamente de quienes lo practican. Debe haber sido un fiasco espiar por el ojo de la cerradura a los Pinochet, Videla, Fujimori y Milosevic, gente acartonada, vapuleada por la coerción de culturas castrenses, maniatada por hábitos ancestrales inculcados a través de religiones castradoras. Los atragantamientos de los Marcos, con trayectorias empalagosas, o un Fidel Castro que, se comenta, cuando jóven no se sacaba las botas llevándose por delante señoritas y señoras suyas y ajenas, no me resultan tampoco formulas de placer opíparas, gratificantes y exquisitas como las que movilizan mis ficciones. Todos nosotros, ciudadanos de a pie, no creo que tengamos nada que envidiarles a estos autócratas y sus dictadoras de compañía. El totalitarismo que pone a estos hombres y mujeres en los sitiales de resolver, sin el control de los principios universales de los derechos humanos, la vida y la muerte de sus semejantes, no les otorga una licencia especial o superior a la de los demás seres humanos para disfrutar del sexo. Sigo pensando que su misterio late en cada uno de nosotros. La clave es liberarlo y echarlo a andar. Juan Gasparini |
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