Especial desde Ginebra, Juan Gasparini.
BORGES VUELVE A GINEBRA
FELIPE PÉREZ ROQUE EN LA 59ª COMISIÓN DE DERECHOS HUMANOS
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ENTREVISTA AL DR. SERGIO PÁEZ, PRESIDENTE DEL CONSEJO DE LA UNIÓN INTERPARLAMENTARIA
Yolada Rojal
Especial desde Ginebra, Juan Gasparini, autor de “Mujeres de dictadores”, publicado por Ediciones Península (Barcelona), distribuido en América Latina por el Grupo Editorial “Norma”.
DICTADORAS
A LA CAMA CON LOS DICTADORES
Juan Gasparini

Especial desde Ginebra, Juan Gasparini, autor de “Mujeres de dictadores”, publicado por Ediciones Península (Barcelona), distribuido en América Latina por el
Grupo Editorial “Norma”.

DICTADORAS

Los conflictos entre el machismo y el feminismo, o viceversa, están lejos de apaciguarse y, tal vez, como los problemas de infidelidad entre mujeres y hombres, o a la inversa, quizás no tengan solución. Porque el meollo de la cuestión remite la esfera del poder y, en ese terreno, cuando se trata de conductas que definen el dominio del uno por el otro, el debate es inagotable. Ocurre con las mujeres de los dictadores, donde los tráficos de influencias van en los dos sentidos y las percepciones son múltiples. Existen distintas referencias, comenzando por aquello que detrás de un gran hombre hay una gran mujer, alimentado por el dicho que tanto gusta a los franceses, de buscar la mujer que necesariamente debe rondar cerca de un hombre cuando se quiere explicar el comportamiento de este. Llevando esa presunción al extremo podría inferirse que la compañera sentimental de lo peor -la de un sátrapa- debería ser también de lo peor, como si las mujeres de los tiranos pudieran clonarse, en línea con un denominador común que obligatoriamente tendría que caracterizarlas.

La realidad, sin embargo, no va en esa dirección, al menos con los dictadores crepusculares del siglo pasado, de cuyo muestrario puse bajo la lupa del periodismo de investigación a Fidel Castro, Augusto Pinochet, Ferdinand Marcos, Alberto Fujimori, Jorge Rafael Videla y Slobodan Milosevic, relatando la vida de sus mujeres. No encontré un ADN que las homogeneice, lo cual simplificaría el análisis suponiendo que para ser esposa o amante de un dictador se impone un perfil determinado, hipotéticamente precipitado en una probeta. Rompiendo con los modelos, ni las feministas tiene razón cuando se mofan de la nefasta superioridad que pretenden los hombres, alegando socarronas que al costado o por delante de un hombre brillante hay una mujer sorprendida, dando a entender que si ese hombre ha logrado el éxito lo ha conseguido gracias a una mujer mejor que él; ni tampoco a los machistas les asiste la equidad cuando suelen descargar una parte del fardo de la prueba estimando que si un dictador es un hijo de puta, su mujer debe asimismo serlo y por ende hay una parte de la responsabilidad que indefectiblemente le corresponde a ella. Una vez más las relaciones humanas no se explican en abstracto sino en concreto, las responsabilidades son individuales y, en los casos indagados, me convencí que, entre las intimas acompañantes de los dictadores, hay un poco de todo.

Las mujeres que han sido cobijadas por los dictadores pueden ser exquisitas, sensibles, creativas, inteligentes, dependientes, incultas o inexpertas, algunas con infancias difíciles, otras con tortuosos lazos paterno-filiales, aceptando mansamente, en la extinción de la autoestima, su dilución en un hombre, vampirizadas por los mitos, automutiladas en casamientos o aventuras libremente escogidas con el afán de trascender. Compilan un catálogo de humillaciones y perversos equilibrios, pululando en un universo afectivo opaco, sometidas a un clima de pasiones, dulzura y crueldad, donde resulta complejo señalar víctimas y verdugos. En preámbulos de dolor y epílogos de sublevación o dominación, se incrustan carencias, culpas y engranajes de sumisión. En la selva del egocentrismo se enzarzan la arrogancia, el desamor y la manipulación. La trama revela una trastienda de malos tratos, telares de miedo, sometimiento y fascinación. El inventario de sufrimientos orienta un derrotero de fanatismo cuando esas mujeres se pliegan a las peores causas de sus maridos, un espiral de autodestrucción, atadas a un hombre que, en el extremo del egoísmo, concentra en sus manos las decisiones que se toman en la cúspide de la sociedad.

Mi radio de observación se limitó a un lapso especifico de tiempo y los criterios de valoración no fueron políticos ni ideológicos. Para definir a las dictaduras utilicé el microscopio de los derechos humanos, que como todos sabemos son universales, es decir civiles, políticos, económicos, sociales y culturales, o sea interdependientes, indivisibles e interconectados entre ellos, sin que el disfrute de unos se deba hacer en detrimento de otros, cuyos principios fundamentales han sido reconocidos por la humanidad sin distinción de fronteras, razas, etnias, religiones y convicciones de toda índole, debiendo ser respetados por gobiernos, países y Estados, recogidos en la escueta y celebre Declaración Universal de Derechos Humanos, proclamada por las Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948. Su violación sistemática y masiva, vale decir generalizada en una superficie geográfica afectando mayoritariamente a su población, habilita acusar de dictadura a un régimen, al margen de sus normas políticas o ideológicas. Por supuesto que no todas las tiranías transgreden esas mínimas garantías de la misma forma. Suelen diferir en las prioridades de conculcar derechos, en la intensidad del daño, y las justificaciones desplegadas por sus discursos varían según factores diversos. En la apreciación de esa pluralidad radica la elección de realizar un libro donde no ha sido temerario alinear a Fidel Castro con Augusto Pinochet, para detenernos solo en dos de los elegidos, no obstante que el primero ponga el acento en desconocer las libertades de pensamiento, conciencia, opinión, expresión, reunión y participación, mientras que el segundo haya descollado en la practica de la tortura, la desaparición forzada y las detenciones y ejecuciones sumarias y arbitrarias.

Esa Declaración Universal fue la consecuencia del genocidio perpetrado en torno a la Segunda Guerra Mundial, sancionado por los tribunales militares de Nuremberg y Tokio, conflagración que propiciara el nacimiento de las Naciones Unidas. Si las enseñanzas de los autoritarismos fascista, nazi y comunista hicieron creer que las dictaduras no renacerían, grande fue el desengaño al constatar que florecieron nuevamente, no ya bajo la égida europea que diera lugar a los totalitarismos de la primera mitad del siglo, sino a través de la proliferación del mal en distintos rincones del globo bajo el ascendiente de los Estados Unidos. En ese transitar de la segunda mitad del siglo se acuñó el imperativo que para prevenir, condenar y erradicar las dictaduras era imprescindible dotarse de instrumentos judiciales con magistrados civiles, constituyendo un primer ensayo el Tribunal Penal Internacional para la ex-Yugoeslavia y Ruanda, finalizando con la Corte Penal Internacional concebida por los Estatutos de Roma de 1998, la que acaba de entrar en vigor cerrando el ciclo. Fueron las atrocidades por las huestes al mando de Slobodan Milosevic las que coronaron esa experiencia, de allí que su dictadura concluya la somera enumeración de barbaridades que se contabilizan en este libro.

Cabe precisar que la citada Corte Penal Internacional no tendrá efectos retroactivos, dejando impunes las dictaduras que jalonaran el periodo entre el surgimiento de la ONU y el comienzo del siglo XXI, otorgándole al desafio periodístico de este libro un carácter testimonial. Ese desafio requería ofrecer una lectura complementaria de las dictaduras de esas fechas, un enfoque pendiente por falta de obras en la materia, que tiene por intensión aportar retratos de ellas para entender mejor a ellos, con el propósito de cernir mejor la conducción unipersonal que las determina. Por cierto no son pequeñas biografías propiamente dichas, más bien reportajes periodísticos desde el nacimiento hasta la actualidad de esas mujeres, en relación con el contexto histórico y vinculadas a las actividades de sus maridos. Salvo Celia Sánchez, una de las cuatro mujeres históricas de Fidel Castro, todas las demás están vivas. Empezando por las otras tres mujeres del dirigente cubano; Mirta Díaz-Balart, Naty Revuelta y Dalia Soto del Valle y siguiendo con las de Pinochet (Lucía Hiriart), Marcos (Imelda Remedios Visitación Romuáldez), Fujimori (Susana Higuchi), Jorge Rafael Videla (Alicia Hartridge) y Milosevic (Miriana Markovic). Además, ninguna a sido todavía objeto de biografías completas a pesar de la consagrada a Imelda Marcos por Michel Harper, conocida solamente en ingles y en francés, y del excelente volumen de Manuel Leguineche sobre la dictadura filipina, trabajos que terminan hacia la caida del régimen en 1986 y la muerte del dictador en 1989, dejando sin explorar lo que Imelda ha obtenido después, sola y viuda: el control de la cuantiosa fortuna y la impunidad política para con el expolio y los crímenes cometidos.

Para ilustrar los antecedentes históricos, el libro dispone a modo de introducción de unas breves reseñas de las mujeres de Salazar (Portugal), Stalin (URSS), Hitler (Alemania) y Franco (España), las que no desentonan con los seis perfiles del cuerpo central antes evocado. Unas como otras coinciden en el único elemento que se repite como un invisible hilo conductor; la complicidad, el aliento y la ayuda de estas mujeres para que sus hombres capturen el poder. Con posterioridad ese invariable sostén puede continuarse o entrar en crisis. Esa solidaridad suele proseguir de forma silenciosa o secreta (Fidel Castro o Videla), ser ostentatoria y activa (Pinochet), solapada y perversa (Milosevic). Y si se desata la crisis, los desenlaces son imprevisibles. Al respecto, los caminos tomados por Imelda Marcos y Susana Higuchi fueron diametralmente opuestos. Seducida y casada en 11 días, cuando Imelda descubrió al verdadero hombre con quien había contraído nupcias, cayó en la duda. Consultó especialistas, se aisló en sus creencias religiosas de entonces y se refugió en la soledad, hasta que se enfrentó al dilema, sumarse a su marido o romper con él. Terminó acoplándose a su manera, huyendo hacia adelante. La figura del vicepresidente fue desplazada, creándose un espacio propio en la que fue ministra, instigadora y piloto de una diplomacia paralela, articulando con su esposo una dictadura matrimonial. En cambio Susana Higuchi decidió luchar contra su marido cuando percibió que se estaba convirtiendo en un dictador. Fue una figura clave para que accediera al poder por mecanismos democráticos en 1990, comprometiendo hasta su fortuna familiar en la conquista, pero se opuso al autogolpe de 1992 que Fujimori fraguó para perpetuarse en el Palacio Pizarro, denunció la corrupción, y no aceptó el divorcio en los términos que se le propusieron rechazando las acusaciones de injurias como las causales de la separación. Se erigió en una alternativa política desencadenando que el padre de sus hijos le quitara las funciones de Primera Dama, la hiciera atormentar por agentes represivos en los sótanos del terror, promulgando una ley en 1994 impidiendo que se postulara a cualquier cargo en las elecciones de 1995. A veces desfalleciente, otras zigzagueante, Susana Higuchi persistió en una idea de acción que fue recompensada con un escaño de diputada nacional en el 2000. Detonó la huida del dictador a Japón pues fue su partido el que sacó a luz los “vladivideos”, en los cuales el monje negro de Vladimiro Montesinos, filmara la compra de voluntades para preservar la dictadura “fujimorista”, pero esa victoria le ha dejado el gusto amargo de una perdida irremediable, la de la felicidad, sacrificada en los altares del poder, el tributo que pagaran todas las demás mujeres desnudadas para este libro.

Juan Gasparini

 

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