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Juan Gasparini
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Ginebra, septiembre de 2002. |
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DICTADURAS Y DICTADORESLos clásicos de la sociología definen a las
dictaduras como los sistemas políticos que se contraponen
a las democracias liberales. Las engloban por haberse establecido
y sustentado mediante una violencia excepcional, anormal e ilegítima,
no obstante que algunas de ellas tengan inicialmente un espíritu
progresista, al superar a las monarquías, tiranías
o democracias formales que hayan enmascarado la dominación
colonial, latifundista o monopólica. Destacan como una
constante que las dictaduras surgen de crisis sociales, sea para
precipitar la evolución en curso, como se ha visto en
procesos revolucionarios con Vladimir Ilich Lenin en Rusia, Gamal
Abdel-Nasser en Egipto y Fidel Castro en Cuba, o para frenarlos,
siendo lo acaecido bajo Francisco Franco en España, Augusto
Pinochet en Chile y Efraín Ríos Montt en Guatemala;
unos u otros siempre al margen o contra los procedimientos legales
preestablecidos. La indagación histórica y el reportaje periodístico han demostrado que el campo de rastreo es inconmensurable. Dictadores no son sólo los que gobiernan sin elecciones con salvaguardas de un Estado de Derecho, reprimen a la oposición y cercenan la libertad de prensa y opinión, sino también aquellos que supuestamente admiten instituciones o portadas legislativas, ejecutivas y judiciales de gobierno, cuando en realidad concentran el poder en sus propias manos, como un método extremo para sustituir el consenso que otorga la consulta electoral con transparencia democrática. La relativa popularidad de algunos dictadores antes de caer
en desgracia, fugaz o permanente, vincula a lo largo del siglo
pasado a los autoritarismos fascistas, nazi y comunistas. Detrás
de fachadas populistas, nacionalistas y revolucionarias todos
ellos siguieron credos absolutistas y autocráticos, violando
persistentemente los derechos humanos y concentrando en un hombre
la voluntad de decisión en la cúspide de las sociedades,
haciendo uso de la violencia y aferrados a la norma de que para
perpetuarse en el poder, el fin justifica los medios. |
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SALAZAR En 1910 Salazar advierte que no tiene vocación para
dedicarse al sacerdocio, matriculándose en la Universidad
de Coimbra como estudiante de Derecho. Habían terminado
las relaciones amorosas con la beata Felismina, que le guardaba
fidelidad, permaneciendo amarrada a él en sus pensamientos.
Veinte años más adelante, Felismina Oliveira fue
la primera mujer que ocupó en Portugal las funciones de
inspectora escolar, cargo que la mantenía cerca de Salazar,
a quien dirigía directamente innumerables denuncias. En
una de ellas le decía: «Ayúdeme a ser peligrosísima,
que yo no tengomiedo». La fe católica le había
impedido ceder al asedio amoroso de Salazar y que se uniesen
en matrimonio, pero durante toda la etapa de la dictadura lo
secundó espiritualmente en la mística nacionalista
y la defensa de la Patria «amenazada por los comunistas».
Felismina terminó entregando su vida a «la causa
salazarista». El dictador sacó provecho, y no sería
la única mujer amada y utilizada para sus fines políticos. |
STALIN![]() Desde un año antes de la muerte de Lenin el 21 de abril de 1924, Stalin era omnipotente en la Unión de Repúblicas Socialistas y Soviéticas (URSS). Del inexpugnable centro de gravedad del régimen, no han filtrado indicios serios que establezcan relaciones con mujeres, posteriores a Nadia, aunque los rumores mencionan a Vera A. Davidoya, destacada cantante del Bolshoi, cuyo talento y compañía Stalin apreciaba, pues disfrutaba mucho de la ópera y de sus encuentros con músicos y artistas. Se lo sindica también comprometido sentimentalmente con Rosa Kaganovitch, hija de uno de sus más estrechos colaboradores. Con todo, se lo recorta más bien replegado sobre sí mismo, abroquelado en el círculo reservado de las familias de sus dos esposas, los Svanidzé, de Kato, y los Alliluyev, de Nadia, con quienes tenía un hilo permanente de contacto mediante una línea telefónica directa y especialmente tendida a tales fines. Eugenia, la esposa de Pavel, hermano de Nadia, fallecido en 1939, se convirtió fugazmente en la confidente de Stalin, pero durante la Segunda Guerra Mundial ella se distanció, temerosa de las intrigas del Kremlin. No obstante, la lejanía física cavó su fosa entre Stalin, constantemente en Moscú a la cabeza del Estado asentado en los procesos judiciales de limpieza interna desencadenados a partir de 1936, en marcha hacia la guerra contra el nacionalsocialismo alemán en 1941, y sus parientes, guarecidos fuera de la capital. Las purgas generalizadas en todos el país y la trayectoria inestable de sus dos familias, se sucedieron al enclaustramiento y muerte de su propia madre el 4 de junio de 1937, a cuyo entierro no asistió. Ella se apagó sin entender, en los rudimentos de su cultura georgiana, quién era y qué hacía su hijo, lamentando hasta el final que hubiera dejado trunca su carrera de cura. Se extinguió en la parvedad de sus dos piezas, siempre en el número 10 de la calle Catedral de Gori, en las bucólicas colinas del Cáucaso, bañadas por las remotas tradiciones helénicas, romanas y cristianas de la historia de sus pobladores, que precedieran las costumbres de mongoles, turcos y persas. En tramas probablemente urdidas por sus espías y consejeros, por acción, error u omisión, Stalin diezmó a sus seres queridos en la orgía de sangre con que depuró el este europeo, satelizando repúblicas contiguas y operando un blanqueo o lavado ideológico y político sobre millones de personas que podría caratularse de genocidio, con motivos de equivalente calado a los de causas raciales, étnicas y religiosas. María, una hermana de Kato, y su esposo, Mariko, fueron condenados a largas penas de destierro, finalmente ejecutados en 1941. Alexandre Svanidzé, padrino de Nadia, fue fusilado, imputándosele colaboración con el trotskismo. Por precaución, la esposa de Iakov, el hijo de Stalin con Kato, detenido en Alemania, al que su padre no quiso canjear por un general nazi, fue mantenida en prisión durante dos años. Alekis Kapler, pareja sentimental de su hija Svetlana, estuvo cinco años en la cárcel y otros cinco asignado a residencia fuera de Moscú. Svetlana obtuvo de su padre después la autorización para casarse en 1944 con un amigo de su hermano, de religión judía y apellido Morozov, con el cual tuvo un hijo de nombre José, como el abuelo, pero los cónyuges se divorciaron. Al separarse, la policía desvalijó la casa secuestrando las pruebas materiales del matrimonio. Svetlana volvió a casarse en la primavera de 1949 con Yuri Zdanov, de cuya unión nació en 1950 Nadejda, la nieta del dictador que rastreó los antecedentes que fueron tan útiles para los biógrafos. Al igual que con su nacimiento, existen dos fechas para atestar el acto final de Stalin. Su muerte oficial fue el 5 de marzo de 1953 en sus habitaciones del Kremlin, cuando ya hacía tres días que era cadáver fulminado por un derrame cerebral. |
HITLER![]() El 2 de mayo de 1938, después de la anexión de Austria, Hitler redactó su testamento, depositándolo en la Cancillería. Manifestó su voluntad de legar sus bienes al partido, enumerando, sin embargo, a los beneficiarios de su herencia, encabezando la lista con Eva Braun, antes que su hermana Paula y su hermanastra Angela. El 1 de septiembre de 1939 Hitler desencadenó la guerra. Al acercarse el fatal epílogo, hubo un encendido cruce de mensajes escritos, tras que Adolf saliera ileso del atentado del 20 de julio de 1944 en que se lo dio por muerto. Inquieta, Eva telefoneó al cuartel general y no consiguió sosiego. Adolf le escribió con el ánimo de calmarla que estaba bien «no te preocupes, quizá un poco cansado» esperando «volver pronto a casa para descansar en tus brazos», reconociendo tener «una gran necesidad de paz, pero mi obligación para con el pueblo alemán precede todo lo demás». Como prenda de entrega y gratitud Hitler le anunciaba el envío «del uniforme de ese desgraciado día», símbolo «de que la providencia me protegió y ya no tenemos que temer a nuestros enemigos». Firmaba A. H. «de todo corazón». Al borde del colapso ella le derramó el torrente que fluía de lo más profundo de su alma: «Querido, estoy fuera de mí. Me muero de miedo, estoy próxima a la locura. Aquí hace buen tiempo, todo parece tan pacífico que me avergüenzo. Sabes que siempre te he dicho que me moriré si te pasa algo. Desde nuestro primer encuentro he jurado seguirte a todas partes, incluso a la muerte. Sabes que sólo vivo por tu amor. Tu Eva». El 9 de febrero de 1945 Eva Braun celebró en Munich su cumpleaños con retraso. Fue una fiesta con un tono de despedida porque arreciaban los bombardeos. Puso fin a sus actividades sociales y pintó su coche de gris para camuflarlo si podía ser identificado, lanzándose al mes siguiente a atravesar Alemania por carretera para ir al encuentro de Hitler en Berlín. Adolf se emocionó con el gesto y trató de disuadirla que retornara a Munich pero ella no cambió de parecer. La pareja se instaló en el búnker subterráneo de los jardines de la Cancillería. El 13 de abril de 1945 hay constancias de que Eva Braun se informó ante el teniente general Gerhard Engel de cómo dispararse un tiro certero que la matara. Rechazó la posibilidad de escapar por vía aérea, en un avión previsto solo para ella listo para ser conducido por la mejor piloto femenina de Alemania. Parecía encajar con naturalidad el cañoneo constante con que el Ejército Rojo asediaba a la capital del Tercer Reich, mostrándose «muy feliz de estar cerca de él precisamente ahora». El 20 de abril fue el cumpleaños 56 de Hitler, que dos días después resolvía quedarse hasta el final en la capital. El 24 de abril Eva fue informada que de Munich solo quedaban ruinas. Dos días más tarde redactó su testamento. Legó a su padre el Mercedes cabriolet, a su madre la mitad de los abrigos de pieles, alfombras, dinero en efectivo y el gran cuadro del Führer. Su gran cantidad de perfumes, zapatos, ropas y alhajas las repartió en el papel entre sus hermanas y amigas. A su hermana Ilse le debía corresponder la casa de Munich, sus muebles y su VW. A su otra hermana Margret le dejaba sus escritos. La instruía que destruyera «toda mi correspondencia privada y sobre todo las cosas de negocios», pidiéndole fuera al Berghof, la residencia particular de Hitler en el valle del Oberslazberg, para que hiciera desaparecer también «un sobre dirigido al Führer que se encuentra en la caja fuerte del búnker». En cambio, «las cartas del Führer y mis apuntes para las respuestas (cuaderno azul encuadernado en cuero) te ruego las envuelvas en material impermeable y las entierres. ¡Por favor, no las destruyas...!». |
FRANCO![]() Con Francisco Franco quedó el tendal, y los sucedáneos de asesinatos, venganzas y fusilamientos, cárceles abarrotadas y el hambre extendiéndose en una población atemorizada, acomodaron una tiranía en el terror emanando de un hombre que solo decía ser responsable ante Dios y la historia. Carmen Polo no estuvo ausente de ese cuadro, escogiendo respaldar totalmente a su marido, negándose a interceder por ninguna de las víctimas. Se la describe como una mujer preocupada por las apariencias, con una gran cantidad de collares encima, ruda con los sentimientos, imbuida de ciertas imágenes de cómo debían ser las cosas. Su extrema codicia se unía a una gran frialdad, tamizada por una religiosidad extrema. El rosario vespertino y las misas diarias que ella comulgaba junto a él desde antes se instauraron en el Palacio del Pardo de Madrid donde fijaran aposentos el 15 de marzo de 1940, pasaron a integrar el libreto cotidiano hasta el fin de sus días. El Generalísimo firmaba las sentencias de muerte después del desayuno, mientras ella ignoraba los pedidos de clemencia de huérfanos, viudas, esposas, novias e hijos, parientes de los que su marido despachaba al cadalso. Su moral cristiana hervía en bailes de beneficencia y en limosnas que se encargaba de promocionar en actos de la Cruz Roja, precediendo su entrada por la Marcha Real, como si fuera la reina del país. Carmen fue la intendente del palacio dictatorial, mandando en la vida privada del Caudillo, y en la de su hija y siete nietos.Atendía también los haberes de ella y su esposo, haciéndolos fructificar como si Dios se los hubiera dado para mayor gloria. En 1942 hizo constituir a su medida el Patronato de Protección a la Mujer, o más vulgarmente conocido como la Obra españolísima, para ocuparse de la moral femenina y de las buenas costumbres corrompidas de tantas impurezas dejadas por los «rojos». En sus discursos aseveraba que el conocimiento analítico puede perturbar las finas arterias de la feminidad, y que el talento creador ha sido reservado por Dios para las inteligencias varoniles. Al escuchar por Radio Nacional de España al poeta de origen peruano Felipe Sassone recitar «A Albertina de la Rosa/ le hiede mucho la cosa/ ¿y quieren que no le hieda/si la fornica Albareda?», Carmen lo persiguió para meterlo en la cárcel, de la que se salvó gracias a su embajada en Madrid que le dio cobijo. Preconizando esos valores la dictadura de Franco se asemejaba a la de Hitler, en la consigna Kinder, Kirche und Küche (o sea, niños, iglesia y cocina). |
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Si con Dalia tuvo cinco, los hijos de Fidel sumarían siete en total, tomando en cuenta otros dos que tuvo con Mirta y Naty respectivamente. Al menos es la cifra difundida casi subrepticiamente por la televisión cubana en 1999, pero su veracidad ha sido puesta en crisis por la existencia de otros dos hijos más, cuya identidad está prácticamente confirmada. De todas estas mujeres, sólo Naty Revuelta hizo escasas referencias públicas a sus enredos afectivos con Castro, apareciendo algunas cartas en el diario español ABC, admitidas como auténticas por Fidel. |
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| Agazapada detrás del telón,
Lucía Hiriart reaparecía en el centro de la escena
nacional en las fechas decisivas, autónoma de su marido,
inmisericorde, sacando provecho personal. El 11 de septiembre
de 1980, se realizó en Chile un plebiscito convocado por
la dictadura para suplantar la Constitución Nacional de
1925 y perpetuar su filosofía neoliberal y autoritaria
en el poder, sentando las bases para que sus personeros preservaran
la herencia política de Pinochet. Los próximos
presidentes no podrían remover a los Comandantes en jefe
de las Fuerzas Armadas, que se elegirían por mecanismos
inherentes a la casta militar, aparejando un Consejo de Seguridad
Nacional con participación de los jefes de Ejército,
Marina, Aviación y Carabineros, que podía incluso
vetar a un candidato presidencial surgido de elecciones democráticas.
El futuro Senado tendría senadores designados por los
militares con mandato de ocho años, y a los ex presidentes
se les reservaban escaños vitalicios, uno de los cuales
se destinaba a Pinochet, en la eventualidad de que dejara la
presidencia. Lucía hizo campaña con su marido por
el referéndum, en la cual estuvo prohibida la propaganda
de la oposición. No hubo registros electorales, los locales
para emitir sufragios estuvieron bajo control del Ministerio
del Interior, que no permitió la asistencia de observadores
independientes. La tiranía se alzó con el 68 por
100 de los sufragios e impuso una nueva Constitución.
La victoria sorprendió a los mismos Pinochet, que ante
el temor de una derrota y para eternizar a Lucía en el
sillón tronal de los CEMA, hicieron reformar la normativa,
asentando que su jefa no debía ser la mujer del presidente
sino la del Comandante en jefe del Ejército. En junio de 1982 comenzó la peor crisis económica que debió enfrentar la dictadura. Se devaluó la moneda y bajaron las persianas centenares de empresas. Pronto el desempleo sobrepasaría el 30 por 100. Junto con la recesión detonaron las primeras protestas masivas contra el régimen. Como su marido, Lucía se mostró despiadada frente al desastre que comenzó a enfrentar la clase media chilena y los más pobres. Ante todo, se mofó del diagnóstico «de los representantes de políticas internacionales que han tenido la arrogancia de decir que Chile vive una crisis económica, lejos tan dramática como algunos países del mundo», pero como no podía negarla y sentía que la situación cuestionaba al gobierno de su esposo, descargaba el fardo de la penuria en quienes la padecían: «En la época de bonanza, cuando pasearon, gozaron bastante, compraron joyas, lindas casas... y ahora lloran. Ésa es la gente linda, que de linda no tiene nada. Que lloren. Se lo merecen». Sangrando por la herida de una dictadura anublada por la desilusión y el desengaño, para ella las protestas eran «acciones de fachada para crear caos, desorden, vandalismo. Protestan por la cesantía, es verdad que existe, pero se están tomando todas las medidas posibles para disminuirla. Con gritar, destrozar calles, viviendas, con el saqueo y robo no va a desaparecer, al contrario, va a producir mayor pobreza». En la violencia que engendraba la política sostenida por su consorte, Lucía no veía otra cosa que «una jauría de perros rabiosos, que pueden morder hasta a su propio amo». Agitaba con grandilocuencia el fantasma del retorno del marxismo, personificado en Salvador Allende, resucitado según ella en la vuelta de algunos exiliados «que vienen de vivir en países donde el aborto es legitimado por la ley, la pornografía está al alcance aún de menores, en donde salen a la luz revistas procaces, con insultos de igual calidad, y se les permite su distribución». En esos términos reiteraba su balance al cumplirse diez años del golpe militar el 11 de septiembre de 1983. Con gran despliegue en el diario oficialista La Nación, explayó la autocomplacencia y la justificación de la dictadura. Estimó que con su marido no habían defraudado al pueblo. Consideró apresurado devolver el gobierno a los civiles, perdidos en sus ambiciones de poder, «políticos desocupados», que «han soliviantado el espíritu de los ciudadanos con su retórica demagógica y desfachatada que por años se les ha oído». Menospreció a la democracia constriñéndola a criterios aristocráticos, habilitando apenas a la población a solucionar sus problemas locales, como las calles sin pavimentar o la falta de canchas de fútbol, humillando a su pueblo, al que no le reconoció la estatura de elegir libremente un presidente y un modelo político para el país. Volviendo a la carga contra los exiliados, los trató de canallas. Justificó que hubieran sido echados del país, y que hubiera listas de personas que no podían reingresar. Desestimó las valederas razones de los refugiados, caratulándolos de ?autoexiliados?, quienes por haberse formado profesionalmente en Chile antes de escapar, debían estar «agradecidos» ya que, con esa formación, les era factible abrirse camino en el extranjero. |
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| El aprendizaje de Imelda al costado de Ferdinand
fue doloroso, hasta que saltó el cerco, se puso de su
lado, incursionando en los vértigos del consumo y la usura
inextinguible del poder. La risueña y bienintencionada
provinciana asimiló con penas y llantos el concubinato
de Marcos con Carmen Ortega, y los cua-tro hijos que terminó
pariendo esa relación, que contaba con la aquiescencia
de su suegra Josefa Edralín, una solidaridad que la enloquecía.
Con moral quebradiza se encerraba en su habitación a escuchar
novelas radiofónicas y tras conciliábulos con amigas,
se resignó y sometió a la doble vida de su esposo,
que se instaló a vivir con ella en el barrio San Juan
de Manila, en la calle Ortega, a pesar de los celos que le despertaba
ese apellido. El siquiatra del Hospital Presbiteriano de Nueva
York la puso ante el dilema de separarse o aferrarse a Marcos,
habiendo ya concebido dos de los tres hijos que tendrían:
María Imelda, «Imee», en noviembre de 1955
y en septiembre de 1957 Ferdinand Jr., «Bong Bong».
Le costó decidirse a sostenerlo en su lucha política
y sacarle todo el jugo posible. Desconsolada pero dispuesta,
se dejó inscribir en la coreografía de la vida
matrimonial que imponía la carrera política ascendente
de Marcos. Lo acompañó en la campaña proselitista
para que en 1959 trocara diez años de diputado por la
banca de senador. En 1960 tuvieron la tercera hija, Irene. El
1963 Marcos asumía la presidencia del Senado, antesala
de la elección como presidente de Filipinas el 9 de noviembre
de 1965. Ducho en la mentira, astuto e inescrupuloso, financiado por una mafia de contrabandistas de cigarrillos, Marcos se internó en una campaña por la presidencia sucia y venal que dejó un saldo de 117 homicidios políticos, a la que se lanzó cambiándose de chaqueta, pasándose del Partido Liberal al Nacionalista. El Palacio de Malacañán acogió a un mandatario sumergido en la venta de certificados de nacionalidad filipina a inmigrantes chinos, que negociaba solapadamente las reparaciones de guerra, pagaba con cheques falsos, engatusaba a compañías extranjeras quitándoles tierras, y le conseguía armas a Achmed Sukarno cuando combatía a los holandeses para independizar Indonesia. Imelda disolvía el tedio y el aburrimiento atendiendo invitados, aderezando mesas para desconocidos y se entrenaba en acaudillar criados y sirvientas. Promovió el cambio de nombre de la calle Ortega por el de Marcos para resarcirse de la envidia por las vi-das sentimentales paralelas de su marido. Se sobreponía al aislamiento prendiéndole velas a san Agustín y huyendo hacia adelante envuelta en los fastos protocolares. Aplacaba con la gula los sacudones de abatimiento y desánimo al compartir el quehacer cotidiano con un hombre que la engañaba constantemente con otras mujeres y quien reservaba sus mejores horas a la política. Sus afanes dinásticos la impulsaron a asumir los Ministerios de Urbanismo y Vivienda y la Gobernación de la región de Manila, creyéndose preparada para funciones de gobierno, quizá motivada por un complejo de inferioridad en virtud de sus orígenes humildes y a la luz de su limitada estatura intelectual, como persiguiendo borrar un pasado lúgubre con un presente atiborrado de responsabilidades políticas, en la magnificencia de la ostentación. En las cumbres del egocentrismo mandó demoler las casas de su infancia y adolescencia, en Manila y Taclobán, construyendo otras en las inmediaciones, haciéndolas museos, dando una escobada a los vestigios del ayer, adulterando sus antecedentes de cara al futuro. Bautizó Avenida Marcos la arteria de Sarrat, en Ilocos Norte, el feudo donde se criara su marido, remodelando la vivienda en una exposición permanente para curiosos y turistas, con las libretas escolares del dictador, sus fotos deportivas, y las medallas de mentidos méritos militares de Ferdinand en la Segunda Guerra Mundial. «Los buenos negocios curan los peores decaimientos», resumiría el exquisito periodista español Manuel Leguineche, al detallar cómo Imelda se fue amoldando a los credos de su esposo, acompasando el glamour con una cadena de cohechos, zalamerías, abrazos, canciones, discursos, llantos y adulaciones, tornando la elegancia social de los regalos en un engranaje de premios y castigos para juntar poder. Se reveló como una máquina de succionar votos, desplegando una actividad descomunal: insomne, con horarios a merced de su propia arbitrariedad, mudaba de vestidos hasta ocho veces en una misma jornada, mantenía centenares de entrevistas por semana y conducía un batallón de secretarias que respondían 2.500 cartas diarias. Imelda y su marido, en su exclusivo beneficio, malversaron desde el comienzo fondos públicos y otros extraídos de recaudaciones de beneficencia o de donaciones destinadas a quienes padecían hambrunas o terremotos en otras latitudes. Con el añadido de la sustracción sistemática de partes sustanciales de la ayuda financiera internacional acordada al Estado y de los créditos de los organismos multilaterales a las alicaídas arcas del Tesoro Nacional, los Marcos forjaron la famosa red de cuentas banca-rias suizas, antillanas, panameñas y en Hong Kong, Liechtenstein y Australia que los harían tristemente célebres, con los seudónimos de Jane Ryan para ella y William Saunders para él, o inmersos en una nube de sociedades de figuración en un sinfín de paraísos fiscales, secundados por una alucinante lista de testaferros. El tándem utilizó capitales e información privilegiada de la presidencia comprando y vendiendo productos, tierras y empresas, anticipándose a las fluctuaciones de los precios en los mercados. Perpetraron transacciones espurias con la caña de azúcar, el ajo, la banana, el coco, la hotelería, las industrias farmacéutica, nuclear, petrolera, de la cerveza y del cemento, haciendo florecer un parque inmobiliario de 29 casas y apartamentos en Filipinas, especulando en las bolsas internacionales, comprando cuatro edificios en Nueva York evaluados en 350 millones de dólares (el Crown Building, el Herald Center, y los del 200 de Madison Avenue y de 40 de Wall Street), una mansión en Beverly Hills, una casa en Roma y un castillo en Nueva Jersey, más un ático en el barrio residencial de Kensington de Londres. |
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En marzo de 1992 Susana Higuchi rompió lanzas con Alberto Fujimori, denunciando a los dos hermanos y a la cuñada del presidente, de sacar provecho de las donaciones de ropa usada provenientes de Japón, que tenían como destinatarios los desposeídos del Perú. Los acusó de venderlas en comercios «y sólo llevan estropajos a las poblaciones de escasos recursos del país, lo bueno lo venden a tiendas». Lamentó que ella no pudiera hacer nada para impedirlo «porque sólo soy la esposa del presidente y no tengo ni voz, ni voto». Fujimori ordenó de inmediato una parodia de investigación judicial, reiterando su línea de conducta y el plan moralizador que enarbolaba para el país, pero salió enseguida de viaje al Japón en su primera visita oficial dejando a la Primera Dama en Lima, marcando con el gesto la desaprobación frente a la acusación de Susana. En ausencia de Fujimori el Ministerio Público echó cerrojo al sumario, y, sin tardar, Susana morigeró su testimonio. Desvió hacia el periodismo el origen de la información, aclarando que la ropa era distribuida por una ONG llamada Apenkai, al parecer un ente por encima de toda sospecha. Con el tiempo se supo que detrás de esa organización operaban los Fujimori acusados por Higuchi. Se conoció a su vez más adelante, que la noticia del desvío de la ropa había sido filtrada por Leonor La Rosa, agente del Servicio de Inteligencia, la que se rebeló ante lo que estaba sucediendo y yéndoselo a contar a Susana. |
| Ambas serían víctimas de la dictadura.
En diferentes fechas fueron conducidas al « ótano»
del Servicio de Inteligencia del Ejército (SIE) para ser
torturadas con el objeto de torcerles la voluntad. Lo lograron
con Susana, consiguiendo que en más de una oportunidad
diera marcha atrás en sus denuncias. Ello no disminuyó
la hostilidad de la recua presidencial, que le quitó el
soporte protocolar para sus labores humanitarias. Hasta allí
había realizado 35 viajes al interior del país,
colaborando como ingeniera y Primera Dama en tendido de redes
de agua aportando a la fundación Niños del Perú,
obteniendo financiamiento para 27 aldeas que albergaban a menores
en estado de abandono. A Leonor la torturaron hasta dejarla tullida,
internada clandestinamente en un hospital al mismo tiempo que
arrojaran descuartizada en un descampado a Mariella Barreto,
también empleada del SIN, que perdió la vida por
razones análogas a las que movilizaron a Leonor. Cuando
ésta fue descubierta maltrecha por una periodista de televisión
que filmó y emitió un reportaje sobre su estado,
le cayó encima la imputación penal de revelar secretos
oficiales. No le quedó otro camino que refugiarse en Suecia,
a donde viajó con un salvoconducto del ACNUR para protegerse
de Montesinos, un exilio que Fujimori trató de evitar
chantajeándola con dinero. Correspondería al presidente
Alejandro Toledo desagraviar a Leonor La Rosa. El 18 de febrero
de 2002 la indemnizó con 120.000 dólares, otorgándole
una pensión médica vitalicia. Ahora Leonor La Rosa
es la única testigo que confirma el cautiverio y las sevicias
con que atormentaran a Susana Higuchi en «El Sótano»,
a la que le tocó llevarle comida a su celda, donde permanecía
a oscuras y desnuda, por órdenes de Montesinos y con el
consentimiento de Fujimori. Éste dice hoy que estas alegaciones
son mentiras y que las marcas de descargas eléctricas
en el cuero cabelludo de Susana provienen de un tratamiento oriental
para dejar de fumar llamado Moxibustionen que consiste en aplicar
sobre distintas partes del cuerpo un cocimiento hirviente de
hiervas. Pero el 5 de abril de 1992, Fujimori daba otra vuelta de tuerca. Se disparaba disolviendo las instituciones de la República, un rocambolesco autogolpe mediante el cual acalló a la oposición. Susana que vivía maritalmente con él fue sorprendida por la noticia. Esa noche su esposo la invitó a ver televisión, surgiendo en la pantalla con solemnidad, para suspender la vigencia de la Constitución, dando paso a un gobierno «de Emergencia y Reconstrucción Nacional». Y cuando «me preguntó qué me parecía su decisión le dije que no estaba de acuerdo, eso es propio de una dictadura». El castigo no se hizo esperar. Por temor a que hiciera declaraciones contrarias Fujimori la sometió a un tratamiento preventivo, otra vez en «El Sótano». Años después ante la inminente caída de Fujimori, se decidió comenzar a contar lo que le había hecho, desgranando con voz cansina: «me silenciaron, si no dije nada en contra del 5 de abril fue porque no pude, me encerraron de nuevo en el SIN y me torturaron». Le devolvieron la libertad pero su espíritu quedó fisurado. Con el ánimo agrietado, en efecto, el 8 de mayo renunció al ofrecimiento que había aceptado cuatro meses antes, de postularse para la Alcaldía de Lima. El 23 de mayo siguiente la fiscalía de la Nación archivaba las diligencias por la venta de las donaciones de ropa provenientes del Japón. Al otro día, Susana leería un comunicado justificando el golpe, al que catalogó de «respuesta histórica para revertir el rumbo del Perú», una medida «bastante difícil para mi esposo, pero la tuvo que tomar para superar la democracia irreal en la que se vivía». |
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| El peregrinaje de los Videla para sanar
a su hijo Alejandro no conoció fronteras. La familia se
despidió de Hurlingham con los saludos del año
nuevo de 1956. Ascendido al rango de mayor, Jorge Rafael se incorporó
como asesor de la delegación argentina en la Junta Interamericana
de Defensa, en Washington. En la capital estadounidense confirmaron
que no existía solución para la enfermedad del
niño. Le diagnosticaron que su cerebro no se había
desarrollado normalmente durante su gestación, y que ya
no lo haría. El mal era irreversible. Los médicos
norteamericanos recomendaron que el joven fuese internado en
un lugar conveniente, para aliviar las alteraciones que iría
sufriendo, ya que el cuadro de oligofrenia profunda combinada
con epilepsia, progresaría paulatinamente. Alicia Raquel desembarcó en Washington con su cuarto hijo, Rafael Patricio, nacido el 6 de mayo de 1953, hoy oficial del Ejército. En un país para ella prácticamente desconocido, sin hablar el idioma, con la terrible carga en sus espaldas de Alejandro, indomable en su locura, comenzó a gestar su quinto hijo. El 25 de enero de 1958 dio a luz a María Isabel, que llevó el nombre de su madre, muerta de cáncer cuando ella tenía 10 años. Dos meses después Jorge Rafael terminó su misión en Washington y la familia retornó a la Argentina, pasando a integrar la Subsecretaría de Guerra como oficial de Estado Mayor. La familia recuperó su casa y las relaciones en el barrio de Hurlingham, exhibiendo los signos exteriores de la vida normal que llevaban antes del viaje a los EE.UU. Volvieron a encontrarse con sus amigos del Movimiento Familiar Cristiano, con el matrimonio Silveyra, y Alicia Raquel inscribió a su hijo Alejandro en los talleres organizados por las monjas francesas que dos décadas después serían víctimas de la dictadura de su marido. El resto de los hijos nacerían en ese paraje suburbano. El 7 de febrero de 1961, Alicia Raquel tuvo su sexto hijo, Fernando Gabriel, y cinco años después vendría el séptimo e inesperado embarazo. Como una curiosa marca del destino, Pedro Ignacio, el menor, el más parecido a Videla, nació el 24 de marzo de 1966, exactamente diez años antes de que su padre comandara el último golpe de Estado en la Argentina del siglo xx. A diferencia de sus hermanos, Pedro Ignacio no tuvo ocasión de convivir con Alejandro y presenciar el empeoramiento y sus brotes violentos. Casi dos años antes del nacimiento del último de los Videla, el 28 de marzo de 1964, Alicia subió a Alejandro al viejo Renault 4 L que tenían y, con el teniente coronel al volante, llevaron al joven a la Colonia Montes de Oca, un hospital para enfermos mentales sin recursos económicos y para personas abandonadas, ubicado a 100 kilómetros de la Capital Federal. Sus vecinos y amigos consultados recuerdan que, hasta que dejaron Hurlingham, los Videla visitaban a su hijo adolescente de alrededor de 15 años de edad. Si bien ninguno se atrevió a hacerles comentarios al respecto, de eso no se hablaba, tampoco tuvieron noticias del joven hasta que pasaron muchos años. «Desde que lo internaron -manifiesta una vecina que prefiere preservar su nombre-nunca hablaron más de él, como si hubiera desaparecido, nadie lo nombraba, ni siquiera supe de su existencia cuando Videla era presidente, porque siempre hablaban de siete hijos, pero mostraban a los seis y al jovencito ni lo mencionaban, después entendí por qué», reflexiona la mujer, impresionada por lo que se enteraría años más tarde. |
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El glosario de Miriana y Slobodan fotografía la primera fantasía política de la pareja una tarde de otoño en 1968 cuando, aprovechando un día de franco en la guarnición de Zadar, en las orillas croatas del Adriático, Milosevic paseaba con Markovic mirando vidrieras. Se habían casado el 14 de marzo de 1965. Él se había recibido de abogado en 1964 y cumplía con el obligatorio servicio militar. Graduada en sociología, ella viajaba desde Belgrado para visitarlo. La temporal separación inflamaba el desasosiego entre ellos, preservado en un manojo de cartas cubiertas por un papel floreado, que aún permanece en los archivos de la pareja. Vestido con el uniforme del ejército, del brazo y por la calle, Slobodan detuvo la marcha por el interés de Miriana en observar un afiche de Tito en uno de los escaparates. Hablando para el auditorio de su marido, ella afirma que dijo: «Un día, la fotografía de Slobodan estará ahí, tal como la de Tito ahora». La casa de Pozarevac legada por los abuelos maternos de Miriana será el hogar de la pareja, donde se criarán los hijos, Marija y Marko, el sitio predilecto para las vacaciones, práctico además para los padres por la cercanía de Belgrado. Slobodan solía ir y volver en el día a sus oficinas de la capital, cuando entre 1968 y 1978 dirigió Technogas, la compañía petrolera del Estado, o al integrar en los cuatro años siguientes el Consejo de Administración del Beobank, la entidad bancaria yugoslava de ahorro, préstamo y comercio de los belgradenses. Miembro de la dirección de la Liga de los Comunistas, en 1984 Milosevic alcanzará la jefatura del partido en Belgrado. El 17 de julio de 1985 se postulará a la presidencia de los comunistas, conquistando el cargo al año siguiente. Estos pasos previos marcarán su profesionalización en la política, irresistible ascenso a la conducción del gobierno serbio, una vez dimitido su titular, Ivan Stambolic, el 1 de diciembre de 1987. En la casona de Pozarevac Miriana cultivará un amor
efervescente para con sus hijos; un orgullo adorado «pues
son muy valerosos y tienen un sentimiento patriótico muy
fuerte». En su diario personal quedarán traslucidas
la admiración por el talento y cualidades de sus vástagos.
De Marko escribió que es «un joven valeroso en su
corazón, e imaginativo en los negocios». Reveló
su emoción cuando el muchacho la telefoneaba desde su
automóvil para decirle simplemente que la amaba, contando
como una grata extravagancia las cuatro duchas diarias del joven.
A Marija le dedica párrafos que resaltan sus dotes de
encanto, con individualidad, inteligencia y conciencia. La presenta
como intrépida tanto para vestirse como para mostrar sus
convicciones políticas e ideológicas, sintetizando:
«yo siempre supe que tendría una hija bonita y valerosa»,
reconociendo que le puso ese nombre en homenaje a la legendaria
heroína serbia de la Segunda Guerra Mundial, Marija Bursac,
paradigma del valor y la energía. Lo cierto es que Marko
nunca gustó de los estudios. A duras penas consiguió
un diploma de una universidad privada cuyo dueño, Bagoljub
Karic, fue amigo de los padres, y mecenas internacional de Miriana
en la publicación de sus libros fuera de Yugoslavia, también
inductor para insertarla como miembro honorario en universidades
rusas. |
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