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LA PRUEBA

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Ginebra, V. 26 de octubre de 2001.

 

 


Queridos amigos,
acompañando el diseño de portada y el prologo del periodista argentino Joaquín Morales Solá, del diario "La Nación" de Buenos Aires, tengo el placer de presentarles "La prueba", investigación periodística que hemos realizado con mi colega y amigo, Norberto Bermúdez, referida al pago y cobro de coimas por la media sanción de la Reforma Laboral votada el año pasado en el Senado de la Nación de la República Argentina
 


 

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Me permito ante todo recordarles que en 1999, y también con Norberto Bermúdez, fuimos autores de "El testigo secreto", que trazó los comienzos de la lucha del juez español Baltasar Garzón, contra la impunidad en Argentina y Chile, libro aún en librerias.
En esta segunda ocasión, hemos vuelto a asociarnos profesionalmente, aprovechando la coincidencia de encontrarnos ambos en la Argentina durante los momentos cruciales de este escandalo, entre agosto y diciembre de 2000, cuando tomara entidad el sumario judicial, y en junio del 2001, circunstancias en que de hecho se cerrara el citado expediente. Así decidimos escribir este pormenorizado reportaje que sale ahora en librerias, publicado por Ediciones B.
Al igual que con "El testigo secreto", la cronica tiene un relator virtual. Esta vez es un ujier llamado Esteban Lönnrot, cuya silueta puede recortarse en juzgados, fiscalias y otras dependencias oficiales, observador privilegiado de las peripecias que han rodeado al cataclismo institucional que significó la crisis por las dadivas a los senadores nacionales cuando votaran la Reforma Laboral, luego que el nuevo presidente, Fernando De la Rúa llegara al poder a fines de 1999.

 



Puedo anticiparles que en "La prueba" encontraran la aciclonada historia de las finanzas oficiales y ocultas de la SIDE, el servicio de informaciones del gobierno que en secreto pagó los sobornos, y los consabidos perfiles de los dos últimos jefes de la SIDE, Fernando de Santibañes y Carlos Becerra.
Aparecen de inmediato las negociaciones clandestinas para concertar la ley de Reforma Laboral en la Cámara Alta, con la participación del entonces Ministro de Trabajo, Mario Alberto Flamarique, el antes mencionado de Santibañes, los dirigentes radicales Enrique Nosiglia y Federico Storani, junto a los sindicalistas y senadores implicados en la componenda.
Se describe pormenorizadamente en ese contexto, la evolución de la causa judicial, con la actuación de los jueces Carlos Liporaci y Gabriel Cavallo, los fiscales Eduardo Freiler y Federico Delgado, y el papel en beneficio de la exculpación de los imputados que jugara la Sala I de la Cámara Federal de Buenos Aires, y el Procurador General de la Nación, Nicolás Becerra.
Se analizan enseguida los debates parlamentarios que precedieran la adopción del proyecto de ley, pasando sin transición a indagar en las fortunas personales de los legisladores denunciados por haberse enriquecido ilicitamente gracias a sus votos para que se promulgue esta norma, a saber: Emilio Cantarero, Remo Costanzo, Augusto Alasino, Ramon Ortega, Alberto Tell, Eduardo Bauzá, Ricardo Branda, José Genoud, y los funcionarios senatoriales asimismo corrompidos por estos sobornos: Mario Luis Pontaquarto y Antonio Martín Fraga Mancini; y uno de los "ensobradores" del botin, Jorge Cosci.
Salen también a luz las auditorias de la Sindicatura General de la Nación (SIGEN) sobre la SIDE, y el enfrentamiento del titular del organismo de control, Rafael Bielsa, con Fernando de Santibañes para auditar legalmente los fondos que el Estado asigna a la SIDE, y las maniobras del Procurador General del Tesoro de la Nación, Ernesto Alberto Marcer, para que la SIGEN no cumpla con su mandato.
El libro se sumerge finalmente en el juez Gabriel Cavallo, último magistrado a cargo de este procedimiento de los sobornos en el Senado, el juez que paralelamente impulsa la abolición de las leyes de amnistía en Argentina, lo que merece un analisis particular. Aún más cuando Gabriel Cavallo ha sido llamado a resolver sobre las solicitudes de extradición contra 18 genocidas de Argentina formuladas por el juez español Baltasar Garzón, quien prosigue la persecución penal contra el ex-dictador Augusto Pinochet y ciertos ex-represores en Chile, y contra una centena de militares argentinos.
Desenadoles una buena lectura y saludandolos cordialmente, les comunico el número de mi telefono movil para evacuar consultas periodisticas. Juan Gasparini 0041794091830.
 

 
Prologo del periodista argentino Joaquín Morales Solá del diario "La Nación" de Buenos Aires


En el invierno del 2000, el escándalo de las coimas en el Senado destapó la crisis política más aguda que le tocó vivir al primer gobierno de coalición en la historia argentina. Puede decirse que la coalición, que había ganado el poder apenas ocho meses antes, quedó desde entonces definitivamente herida y que, desde el estallido de ese conflicto, sólo agoniza de manera lenta e inexorable.
Sin embargo, no fue el gobierno de Fernando De la Rúa el que construyó un sistema de gobernabilidad del país según el cual los senadores recibían favores personales a cambio de la aprobación de las leyes que requería la administración. Tal canje comenzó y alcanzó su cima más alta y dispendiosa durante el gobierno de Carlos Menem. La gravedad de esa práctica durante la gestión aliancista radicó en que ésta había llegado prometiendo cambiar el viejo orden moral.
En rigor, cuando se habla de los costos de la política y se enfoca el análisis en el presupuesto oficial de los organismos del Estado se está equivocando el enfoque y distrayendo la mirada de la gente de a pie. Los costos reales de la política son los que provocan está clase de prácticas, que requieren de caudalosos fondos reservados del gobierno, o del sometimiento de los legisladores a los intereses privados y no al bien común.
No es bueno que una sociedad democrática haya puesto en tela de juicio la credibilidad de toda su dirigencia política, de la que ­según la mayoría de las encuestas- nada espera y de la que nada quiere saber. Pero todo puede explicarse: el Senado argentino estuvo históricamente compuesto por dirigentes provinciales hábiles para maniobras políticas entre muy pocos y con escasas posibilidades de conquistar la simpatía social.
Cuando no existe un contrato implícito entre los dirigentes y los dirigidos, el camino de los sobornos y los favores personales está irremediablemente abierto en la política. El Senado es un buen ejemplo de ello.
En el caso de los sobornos presuntos por la ley laboral, la prensa tuvo un papel protagónico, como en verdad lo tuvo en casi todas las grandes crisis por asuntos de corrupción durante los años 90. Pero debe reconocerse que el escándalo habría tenido una repercusión mucho menor en el plano institucional si algunos dirigentes políticos no se hubieran puesto luego a la cabeza de las denuncias, aún corriendo el riesgo de perder sus puestos o de ser discriminados a partir de ese momento. No toda la dirigencia política es igual ni el patrón moral es unánime allí.
Los casos más emblemáticos de decisión y valentía en las denuncias por las coimas en el Senado fueron el del ex vicepresidente de la Nación, Carlos Álvarez, y el del senador peronista Antonio Cafiero. Alvarez debió renunciar luego, en uno de los arabescos de la crisis, al segundo lugar en el icono republicano, y Cafiero fue claramente segregado del Senado y de la conducción de su partido, al que está unido por más de 50 años de militancia.
Otros dos hombres que empujaron el escándalo en la correcta dirección de su esclarecimiento fueron los fiscales federales Eduardo Freiler y Federico Delgado, que hicieron mucho más de lo que les permitía y les convenía dentro de una justicia dispuesta más a olvidar que a condenar.
La crisis tumbó también a un juez, Carlos Liporaci, tan vulnerable como muchos jueces designados en la última década, y modificó un par de veces el gabinete de Fernando De la Rúa. Esa ola de renuncias y de rupturas, que conmovió durante meses a la nación política, plantea la pregunta más elemental y también la única que no se respondió nunca: ¿Cómo pudo ser, entonces, que nada haya pasado y que todos fueran inocentes si cayeron políticos y magistrados sólo con la perseverancia incansable de una verdad repetida?
Hay algunas preguntas que no se han respondido todavía: ¿Hasta dónde participó el gobierno de De la Rúa en el armado y consumación de este episodio que significó la continuidad de una práctica aberrante? ¿Lo supo en algún momento el propio Presidente que había prometido una moral nueva para la administración pública?
Sea como fuere, el escándalo de las coimas tumbó el antiguo paisaje político de la Argentina y mutó la composición (¿y también las prácticas?) del viejo Senado. La corrupción está demasiado enraizada en la Argentina y no terminará tan fácilmente; pero se sabe, desde el convulsionado invierno del 2000, que existe el riesgo de una condena pública y de la persecución de la justicia, cada vez más restringida para disimular y para proteger.
El libro que se apresta a leer es un buen mapa del conflicto. Y también una advertencia.

 

 Opinión de los lectores